La verdad sobre la felicidad

19/08/2016

 

Cuando se trabaja duro todos los días y solo una parte del dinero ahorrado se destina a otra cosa que no sean los gastos, hay que estar seguros de que ese gasto sea enriquecedor. ¿Lo mejor? La ciencia asegura que hay que gastar los fondos limitados en aquello que te haga feliz (y no tiene por qué ser algo material).

 

La paradoja de las posesiones 
Un estudio elaborado durante 20 años por el Doctor Thomas Gilovich, profesor de psicología en la Universidad de Cornell, llegó a una conclusión poderosa y directa: no gastes el dinero en cosas. El problema con las cosas es que la felicidad que proporcionan se desvanece rápidamente. "Uno de los enemigos de la felicidad es la adaptación", asegura Gilovich. "Compramos cosas para hacernos felices y tener éxito.

 

Pero sólo por un tiempo. Las cosas nuevas son muy interesantes para nosotros al principio, pero luego nos adaptamos a ellas y queremos más". La paradoja de las posesiones es que se supone que la felicidad que obtendremos va a durar tanto como la cosa misma. Parece intuitivo invertir en algo que podamos ver, oír y tocar de forma permanente, pero esto es erróneo.
 

El poder de las experiencias 
Gilovich y otros investigadores han desvelado que las experiencias -tan fugaces- pueden entregar una felicidad más duradera que lo puramente material. Las experiencias se convierten en parte de nuestra identidad.

 

No somos nuestras posesiones, pero somos la acumulación de todo lo que hemos visto, las cosas que hemos hecho y los lugares en los que hemos estado. La compra de un reloj de Apple no va a cambiar lo que eres; tomar un descanso en el trabajo para ir de excursión al sendero de los Apalaches, sin duda, lo hará. Nuestras experiencias son una gran parte de nosotros. Se puede pensar que las cosas son parte de tu identidad pero, no obstante, siguen estando separadas de ti. Por el contrario, las experiencias son parte de uno mismo. Somos la suma total de nuestras experiencias.

 

Las comparaciones importan poco 
No comparamos las experiencias de la misma manera que se comparan las cosas. Para un estudio de Harvard, se preguntó a un grupo de personas si preferían tener un sueldo alto, inferior al de sus compañeros, o un salario bajo, mayor que el de sus compañeros.

Muchos de ellos no estaban seguros. Cuando se les hizo la misma pregunta acerca de la duración de las vacaciones, la mayoría de la gente eligió unas vacaciones más largas, a pesar de que fueran más cortas que las de sus compañeros. Como podemos ver, es difícil cuantificar el valor relativo de las experiencias, lo que las hace mucho más atractivas.

 

Asuntos de anticipación 
Gilovich también estudió la anticipación y encontró que esperar una experiencia provoca emoción, mientras que la espera de la obtención de un bien provoca impaciencia. Las experiencias son agradables desde los primeros momentos de la planificación.

 

Las experiencias son efímeras 
¿Alguna vez has comprado algo que no era tan perfecto como pensabas que sería? Una vez que lo compras, en tu cara comienza la decepción. E incluso si una compra cumple con sus expectativas, el remordimiento del comprador puede establecerse en: "Claro, es lo que quería pero probablemente no valía el dinero que he pagado por ello". Con las experiencias no pasa lo mismo. El hecho de que duren solo un corto período de tiempo es parte de lo que nos hace valorarlas tanto y ese valor tiende a aumentar a medida que pasa el tiempo.

 

Gilovich y sus compañeros no son los únicos que creen que las experiencias nos hacen más felices que las cosas. La Doctora Elizabeth Dunn de la Universidad de Columbia también ha estudiado el tema y atribuye la felicidad temporal lograda con la compra de cosas a lo que denomina "charcos de placer". En otras palabras, ese tipo de felicidad se evapora rápidamente y nos deja con ganas de más. Las cosas duran más que las experiencias, pero los recuerdos son los que realmente perduran.

 

Fuente: www.forbes.es

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